Déborah Vukušić “Una patera llamada Esperanza”

Déborah Vukušić “Una patera llamada Esperanza”

Aviso a navegantes: será un viaje con corrientes y resaca, sin mapas ni biodramina porque en mi mente se dibujan varias posibilidades ante la idea de analizar la humanidad en el 2020. Y no me refiero al ser humano de enero y febrero, que ese era otro, sino al colectivo que no se ha ahogado en el primer semestre del año.

Si me hubieran preguntado por nuestra idiosincrasia previa al SARS-CoV-2 habría desarrollado otros temas: nuestro rol en el cambio climático, la falta de valores o que preferimos los amantes kleenex de una app a los amores de pañuelo de tela, reutilizable y guardado en la manga uniendo mocos y latidos. Pero reconozcámoslo: esta crisis global nos ha dejado imaginando salidas y porqués, con contradicciones y sin rumbo. Padecemos o padeceremos estrés post-traumático, porque en nuestra vida, que sentíamos controlada, solo sabemos ya que lo único cierto es la incertidumbre. Así que rezamos, nos empastillamos o buscamos terapias alternativas para alcanzar una espiritualidad, que llene este vacío existencial.

Pasé el confinamiento trabajando en proyectos idealistas y con mi pareja, que después de tres bonitos años de convivencia ha dejado de serlo. Pensaba que, al superar una crisis mundial, ya nada acabaría con nosotros pero la realidad era otra; nosotros éramos otros. Tengo la sensación de haber superado un desgarro y me debato entre recluirme con precaución bajo la dictadura del miedo o, como la superviviente de una guerra, disfrutar el día como si fuera el último. Así que ahora, antes de abandonar el hogar, que ya solo es una casa, pongo música a tope y me permito visualizar. Seguro que mis colegas de antología aportarán datos interesantes así que disculpen que no me ciña a un ensayo cartesiano y permítanme un poco de libertad. Al menos ante el papel sigo creyendo tenerla.

En el primer escenario, llamado Titanic 2.0, la orquesta toca una opereta tragicómica. El capitán observa desde su camarote domótico la danza de glaciares víricos y escribe en su tablet de bitácora el más terrible de los finales. Y no hay un Di Caprio que ceda el madero a su amor sino que sale huyendo, haciendo paddle-surf, hacia aguas tropicales.

En el segundo, un Noé tatuado y transexual va haciendo combinaciones de especies en poliamor moderno, mezclando conceptos como permacultura, sostenibilidad y espacios libres de plástico, gluten y vicios. Pero esta arca desafía los principios del mundo tradicional, que busca el status quo y mantener el poder de los de siempre y la conspiración me pixela la imagen: vacunas mortales, acabar con la superpoblación, 5G, VeriChip, monitorizar nuestro cuerpo a cambio de bitcoins, transhumanidad… Parecía un Renacimiento pero en realidad es el Apocalipsis.

La tercera imagen es una patera frágil, que intenta atravesar océanos furiosos y que maneja el instinto de una niña porque the future is female. La embarcación lleva el nombre de “Esperanza” y va a la deriva hacia un destino incierto pero hermoso. Es quizás la balsa de la Medusa o la barca de Caronte o, mejor, la Libertad guiando al pueblo, que sueña sin cesar que arriba a un puerto mejor.

Como estoy abrumada por mi desamor y ante tamaña tarea tecleo un S.O.S. con 10 preguntas a mi lista de contactos (mi verdadero diccionario de autoridades) para evitar un punto de vista unidireccional. Las reflexiones destilan enorme desesperanza y escasa variedad. Circunstancia sorprendente puesto que las respuestas al cuestionario llegan antes de que el gobierno nos prohíba (entre otras) fumar en la calle y el ocio nocturno y pienso que estas privaciones son las únicas capaces de activarnos; ya que somos, como decía Machado, un país de “charanga y pandereta”.

“FUDO”, el primero en responder, es marino y vexilólogo. Atusando su bigote dice que este nuevo orden (que resuena Illuminati) tiene 3 vías de evolución: la oportunidad de regenerarnos, rectificando y fortaleciéndonos unidos; el desgaste por los enfrentamientos con agotamiento de recursos, distanciamiento y revanchismo; o dejarnos llevar, incapaces de los cambios necesarios para tomar el control. No se plantea el origen o la intencionalidad del virus pero su gestión le parece deplorable. “Seguimos callados y pronto aparecerán diferencias estructurales, que temo serán irreversibles.” Cada comunidad actúa según sus intereses y utiliza torticeramente las cifras. “O nos ponemos las pilas o veremos enfrentamientos generacionales, ideológicos, raciales, de género… para justificar una limpieza de lo que estorba”. El viejo lobo de mar afirma que el nombre de la nao dependerá de quién y cómo tome las riendas. Le recuerdo que no se debe cambiar porque cuenta la leyenda que si se renombra un barco, su fatum es el hundimiento.

Pero ¿qué estorba y quién lo decide? pensaba cuando el actor AL GUANELLA suelta: “Somos gilipollas: el virus muere con agua y jabón y no somos capaces de encontrar la vacuna (...) Somos egoístas, solidarios por miedo, corderos. ¿Dónde están los movimientos sociales? Apagados y sometidos por las redes sociales (...) Nada me genera mayor inseguridad que un gobierno que afirma trabajar por mi seguridad. Deberíamos buscar un nivel de conciencia superior porque se puede vivir mejor con menos y hemos perdido la oportunidad de que el sistema financiero se derrumbe para un cambio social tajante. Salvamos los bancos y la industria del motor cuando deberíamos volver a plantar huertos y criar animales (...) Evolucionamos tecnológicamente pero somos chimpancés con ametralladoras.”

PINDADO, escritor, opina que la dinámica seguirá siendo consumir y con melancolía recuerda: “Mis hijos se bañaban en el arroyo, que ahora es un desierto”. Comparto su pensamiento: “entre las fake news, nuestra vulnerabilidad y la velocidad a la que todo va no sé en qué confiar”.

El director de cine DAVID MARTÍN dice que estamos perdiendo la conexión, la memoria, la conciencia colectiva, que no asumimos responsabilidades y hace un diagnóstico tipo: “trastorno de adicción compulsiva a estímulos placenteros con efectos secundarios, que no queremos afrontar” y concluye: “La clave de todo está en la cultura del miedo en la que nos educan para controlarnos. Y dejarse llevar por el miedo es negar la vida.”

Suspiro. ¿Dónde está la voz de las mujeres?

JULIO FERNÁNDEZ, dramaturgo, escribe: “las grandes corporaciones han acabado con la esperanza de equilibrio en la ecología y la justicia. A mayor destrucción del medio y desigualdad más fácil será el comienzo de nuevas tragedias y pandemias y su mantenimiento”. Julio dice que la solución está en la reconstrucción moral y que “no hemos de aprender a sobrevivir (...) Hemos de aprender a convivir.”

Mi amigo QUICO CADAVAL, hombre renacentista, cuenta en su precioso gallego de costa. “¿Arca de Noé o Titanic? Supongo que planteas si vamos a salvarnos o a la destrucción colectiva pero la verdad es que no noto mucha diferencia. Me pregunto si no me siento más a bordo del Pequod, a las órdenes del capitán Ahab, persiguiendo una ballena blanca. Otras veces estoy en la Bounty conspirando por el botín en islas del Pacífico, donde extendieron enfermedades europeas por aquel paraíso. Si tengo el día civil, estamos en el Santa María proclamando la República en medio del Atlántico pero como hoy lo tengo pesimista me siento a bordo del Bismarck, aquel barco cuyos ingenieros prometieron a Hitler que sería insumergible y el cacharro sobrevivió flotando pero arrasado por el bombardeo aliado. El Santa Isabel naufragó en 1921 en la Isla de Sálvora y, quizás por cercanía, ser un náufrago rescatado (no uno ahogado) de esa embarcación me seduce más. O del Grampus, que buscaba el blanco definitivo en la Antártida. Aunque creo definitivamente que deberíamos volver al Burla Negra, la nave del capitán Benito Soto, y asaltar los barcos del Imperio en cuanto tengamos ánimo y buen viento.”

Y llega el whats de JESÚS, profe de latín, que en un pueblo de la Alcarria ve a una viejita con mascarilla y al preguntarle por qué lleva bozal responde: “porque tengo miedo, hijo”. Con la anécdota aclara que “el individuo está siendo deshumanizado a marchas forzadas y engañado con una falsa sensación de seguridad.” Y siente vacío y hartazgo “en un intento desesperado por abrazar el viento.”

Mis amigas, diosas de pensamiento preclaro, siguen guardando silencio.

RAMOS, historiador y entrenador de fútbol, lanza su opinión. “La condición humana tiene una capacidad infinita para repetir errores. Hemos dejado todo en manos de políticos aventureros, científicos buhoneros, embaucadores televisivos y renunciado a nuestra libertad a cambio de nada. Hemos visto la caída de la verdad y hecho poco por cambiarlo. Últimamente recuerdo cómo nuestros antepasados lucharon para alcanzar unos derechos, que duermen ya el sueño de los justos, y hemos estigmatizado al contagiado en una nueva afrenta contra la dignidad. Al renunciar al pensamiento crítico hemos legalizado una tutela insufrible, que sacrifica creencias e ideales. Todo está perdido cuando los malvados sirven de ejemplo y los buenos, de mofa.” Así que le vale el Titanic y nos ve como “esos viajeros que marchan hacia su destrucción creyéndose inmortales” aunque es un idealista y quiere creer que en esa multitud puede haber quien perciba el peligro y se haga con la sala de máquinas para cambiar el derrotero. “Sin movimiento no hay cambio.” Sin esperanza tampoco, le digo, y añade: “Es el tiempo de la gente sin miedo. Si podemos movilizar conciencias podremos movilizar recursos. Es tiempo de pedagogía, no de demagogia, pero sobre todo es tiempo de acción.”

Llama YAMILA, profe de yoga, y hacemos una sesión de access bars. “Pronto daremos un salto cuántico y la energía será rosa”. Vuelve a mí la ilusión.

Quedo con mis guerreras. Brindamos por la amistad y me besan. Saben qué es lo que necesito. Llevan mascarilla (por respeto) pero me abrazan mucho. Y entonces me doy cuenta de que efectivamente están a un nivel superior de conciencia, de que no hace falta hablar y de que es el amor (y no el miedo) el faro, que debe guiarnos en la noche.


Déborah Vukušić © text, 2020

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